A la gente le encanta hablar de lo mucho que les gusta ir al pueblo, el aire limpio, la paz, los paseos por el campo… Pero en cuanto les dices que es ahí donde vives, o que te has ido a vivir a un pueblo empiezan las preguntas.

¿Y aquí de qué vive la gente? Pues mire usted, aquí la gente vive como en todas partes y trajina en lo que puede. O bien sale a trabajar fuera a una localidad cercana o se dedica a la ganadería, a la hostelería, la construcción o teletrabaja. También hay unos cuantos en el paro o jubilados. Con más del 80% de población viviendo en las ciudades y una tasa de paro del 17%, ¿cómo viven en la ciudad? No es que los pueblos tengan una situación boyante, hay motivos de sobra para reclamar más atención por parte de las administraciones, pero tampoco es que caigas en un pueblo y no tengas nada que hacer. El que elige el pueblo para vivir generalmente tiene un plan. Y el que no lo tiene dura poco porque la tierra da lo que da, pero solo cuando estás dispuesto a deslomarte y la sabes trabajar. ¿Acaso no hay quien sobrevive con más de un trabajo en la ciudad para hacer frente a alquileres o hipotecas desorbitadas, para pagar colegios y guarderías?

Ya, pero ¿dónde compran? Llegados a este punto me dan ganas de preguntar ¿dónde compra usted? Pues eso, en la tienda más cercana. Si el pueblo la tiene se compra ahí y si no pues tomas el coche o el autobús y malo será que no encuentres nada en veinte kilómetros a la redonda. Pero si no es así las grandes plataformas de venta on line están al acecho para llegar donde nadie se imagina.

Siempre que viajo a ciudades grandes, pongamos que hablo de Madrid o Barcelona, observo como continuamente la gente viaja de un lugar a otro para comprar, ir a trabajar, o para tener momentos de ocio. Infatigables líneas de metro se desplazan sin parar, cientos de autobuses urbanos, miles de coches de aquí para allá protestando en miles de atascos diarios. ¿Y a usted le perturban los quince minutos que tardo en llegar al supermercado o a la carnicería por una carretera con apenas tráfico?

Mi interlocutora no se rinde. Le encanta el pueblo. Pero por el momento no veo que le encuentre ninguna ventaja. ¡Qué pena que no haya escuelas abiertas y los niños tengan que desplazarse para ir al colegio! Dice.  Sí, verdaderamente una lástima, pero también que haya pocos niños. Son los tiempos que nos toca vivir. La centralización de los servicios y de la población. Pueblos destinados a ser, como ya dije una vez, el Resort de fin de semana de personas que huyen de la ciudad en busca de una bocanada de aire fresco pero que sienten que la vida aquí es imposible, letárgica y precaria.

¿Y no se aburren ustedes? Aquí no hay nada que hacer. Puede ser que yo me haya perdido algo y que en cualquier estilo de vida fuera de los límites de mi entorno rural, después de un día de trabajo, de hacer los deberes con los niños y de salir a hacer la compra, quede tiempo para mucho más y la vida sea una fiesta continua. Personalmente, todos los días encuentro un rato para leer, al menos uno o dos días por semana juego al ajedrez con amigos, vamos al bar y charlamos con los vecinos, salgo a pasear al campo, y de vez en cuando voy al teatro más cercano o a algún otro evento. Hay miles de personas que después de una jornada laboral no tienen tiempo para nada, ni siquiera para unos minutos de silencio, que nunca van al teatro de su ciudad ni gozan de vida social. No, siento decepcionarle, pero no nos aburrimos, es una cuestión de actitud, como casi todo en la vida. Usted ya me está regalando este momento y cosas en las que pensar, cosas sobre las que escribir. ¿No le parece valioso este improvisado encuentro? Sí, si… pero me fastidian el ruido y las voces del bar. Pues si no le aburre al otro lado de la calle todo empieza a ser campo, huertos y cantar de pájaros.