Llevo toda la vida creyendo que el orden imperativo, la exigencia, el sacrificio y sumar responsabilidades eran el síntoma de una madurez sana e íntegra. Nos han educado para saborear las cosas buenas de la vida con cierto enjuiciamiento y culpa. Dormir a placer es de vagos. Duerma menos. Reír con ganas es de irreverentes. Sea serio. Trabajar con gusto no es trabajo. Sacrifíquese. Apreciar sin poseer es falta de aspiraciones. Acapare. Una lista interminable de placeres de la vida que lejos de disfrutar, se nos atraviesan en el entrecejo y que mueren por exceso de connotación peyorativa.  El padecimiento se impone como representación de la madurez y uno debe ser todo lo más lastimero que pueda para que le tomen en serio. Esforzarse en la que la vida vaya “así, así” o “ni fu, ni fa” para no avivar recelos; pero tampoco estar tan mal como para generar pereza, o te despachen de un portazo.   Expertos en estirar o aflojar la cuerda de las relaciones sin que nos salte a la cara, cada cual subsidiario de la suma de sus factores, sin incomodar al conjunto.   

Nada de chorradas, de pararnos a reflexionar qué es lo que realmente queremos, qué nos mueve del sillón, qué nos toca el corazón, qué nos hace sonreír, qué hace que nuestros ojos brillen, qué nos hace sentir bien. No vayamos a descubrir que la vida es otra cosa, que no hay razón para nadar siempre en la profundidad con la mochila cargada hasta reventar. De cosas inevitables, sí, pero también de otras que mejor sería que se llevara la corriente sin poner resistencia. Ya que ¿para qué sirven?

Lo categórico, el exceso de sacrificio, la multiplicación de responsabilidades nos puede llevar a una vida más intensa y profunda, tan honda que no sería raro acabar en el quinto infierno, junto a los iracundos del pantano de Estigia, ahogados en el fango de nuestra propia rabia.

La vida es otra cosa, hay que ganarse el sustento, sacrificar, elegir.  Pero también hay que respirar, liberarse, gozar, equivocarse y reír con otros y con uno mismo, de lo que decimos, de lo que pensamos, de las tonterías que hacemos, de las reflexiones de medio pelo de estas líneas, de las manías y de nuestra absurda forma de ver el mundo. Que la profundidad está muy bien y abarca un prisma infinito de colores, pero pasar demasiado tiempo en ella puede provocar que falte oxígeno para volver a subir y disfrutar de la luz regalada del sol.

Hay que dar importancia a las cosas que la tienen, la salud, el bienestar, los afectos. Pero en ocasiones estas premisas vienen a fallar como una escopeta de feria y la vida te pega el tiro donde menos te lo esperas. El horizonte se difumina en incertidumbres, y solo puedes ver el último paso que diste y el primero que darás, el que te definirá y convertirá tus pasos en bendición o condena.

La vida es eso: intuición, ingenio, pragmatismo y generosidad con una buena capa de humildad, de buen humor y de entusiasmo.  O puede que sea otra cosa. Pero evocando una frase de Charles Chaplin reconozco que nunca lo sabré: “Todos somos aficionados. La vida es tan corta que no da para más”.