Con el paso del tiempo voy tomando conciencia de lo que supone el compromiso de escribir, aunque solo me lean cuatro perseverantes gatos en la cita quincenal con esta columna. Uno de los desafíos más difíciles es innovar y encontrar temas atrayentes o de actualidad. Muchas veces no se consigue, bien porque la información viaja a la velocidad de la luz pasando por todos los prismas y filtros, con lo que la propia mirada deja de ser interesante y novedosa para caer en más de lo mismo, o bien porque cabe pensar que una opinión no es más que eso, y forma parte del conglomerado de millones de opiniones que todos damos sobre todas las cosas. Por lo que el recurso al que vengo apelando con más frecuencia es a los acontecimientos cotidianos, componiendo este espacio con las reflexiones que desencadenan; motivo por el que en más de una ocasión he llegado aquí empujada por las provocaciones de un buen amigo que a base de rebatir y cuestionarme va poniendo en el camino muchas de mis principales reflexiones.

Esta vez quiso saber cuánta importancia tenía para mí la necesidad de escribir, de mostrarme, y me sugirió la posibilidad de tomarme un año sabático, desconectarme de la escritura, de mis recitales poéticos y de los compromisos culturales para experimentar, supongo, una visión diferente de mi entorno y de mí misma. Volver a la vida del espectador que goza del arte y la cultura que otros ofrecen.  

Esa idea hace tiempo que me viene rondando la cabeza y ahora está sobre la mesa. Lo primero en lo que pienso es en cuáles son mis impedimentos para aceptar hipotéticamente ese reto. Escribo por una cuestión purgativa y no porque me considere escritora. Más bien estoy aquí por osada y opinóloga, oficios que no suponen ninguna traba para afrontar el desafío pues no me gano la vida escribiendo; creo que ya nadie lo hace.

Aun partiendo de la idea de que el arte es un acto necesario con el que el individuo se recrea, razón por la que es más dificultoso de amansar y de acallar, no hay exigencia alguna de ventilar el alma públicamente, por lo que su expresión, con mayor o menor fortuna, puede relegarse cómodamente a los ambientes privados.

Así que sin oficio ni beneficio y sin otro arte en el que escarbar que no sea con tinta el verso o la prosa, poco me quedaría a lo que renunciar. Es más, encuentro muy atractiva la idea de volver a ser únicamente espectadora y posiblemente, en algún momento, tome el camino de vuelta a los versos de cajón, a los recitales donde saborear la poesía de otros labios y al maratón de libros que coronan mi mesilla para ser leídos.

Yo no creo en esa petulancia, tan de moda en los últimos tiempos, que pretende meternos en la cabeza la idea de que el escritor se contamina de lo que lee, evidenciando una escasa pasión por los libros que no ha escrito y por la cultura.  Creo en la alimentación sana del intelecto, y eso se logra desde el sillón del espectador. Lo dijo Dalí, “sin una audiencia, sin la presencia de espectadores, estas obras no alcanzarían la función para la cual fueron creadas. El espectador, por tanto, es el artista final. Su vista, corazón, mente—con una mayor o menor capacidad para entender la intención del creador—da vida a la obra.”

Y si el corazón del arte, de la escritura y del teatro está en el espectador, eso es lo que quiero ser.

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