Paz Martínez- En son de paz

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

DÍAS DE FUTBOL por Beatriz García (Bilbao)

Hoy asisto por primera vez a un partido de fútbol de mi sobrino Andrés.  Llego al campo y tras buscar desesperadamente a mi cuñada Marta, la localizo, para mi horror, junto a otras madres, todas ellas tocadas con unas antenas de abeja y vociferando al unísono un lema que no consigo entender. Me acerco a ella y me grita pese a que mis oídos están a tan solo unos veinte centímetros de su boca:

—Ayyy, Mónicaaaaa, jajajaja. — Cuando está contenta tiene una cargante manía de alargar la última vocal de cada cosa que dice y reírse como una posesa- ¡Pensaba que ya no veníaaaas!

—Sí, perdona, es que no te encontraba. —digo sin poder creer que, además, y a pesar de todo, es cierto.

—Pero, ¿qué diceeeeees? ¡Si se nos ve a la leguaaaaaa! ¡Toma, tenemos unas para tiiiii! — y me coloca un par de esas horribles antenas mientras la miro estupefacta y rezo para que no tenga pinturas y me desgracie la cara como veo que han hecho todas y cada una de ellas pintándose en la frente y en las mejillas los colores del club: negro y amarillo, por supuesto.

En el campo, el árbitro, que calculo que no puede tener más de 18 años, toca el silbato dando inicio al encuentro. Los dos equipos de diminutos jugadores de fútbol de 5 años de edad se aturullan en torno al balón sin ningún orden ni ningún tipo de estrategia, pero sin duda resultan adorables y me alegro de estar ahí viéndoles disfrutar. En una jugada inusitada, mi sobrinito se hace con el balón y recorre más de la mitad del campo deshaciéndose de los contrarios mientras escucho a mi cuñada y sus secuaces dar pequeños grititos: “¡ay!”, “ ¡uy!” y emitir sonidos guturales: “grrr”, “ngggy”, mientras el grupo de padres, en una de las bandas, da instrucciones precisas y claras a los jugadores, que éstos podrían aprovechar muy bien si pudieran entenderlas: “¡Apoyadle en la banda izquierda!”, “¡Haz un pase largo!”, “¡No dejes que te la quite, mete cuerpo!”, a esto último me pregunto qué cuerpo va a meter el pobre si pesa quince kilos mojado .  Y, justo cuando está a punto de chutar a la portería, un defensa del equipo contrario, algo más alto que él, pero nada más que unos dos o tres centímetros, le intercepta e intenta arrebatarle el esférico. Ambos dan pataditas al balón, estáticos, mientras las madres-abejas continúan con los soniditos y los padres se asemejan a un grupo de orangutanes enjaulados intentando escapar arrancando los barrotes. En el campo de juego, el resto de compañeros les rodean y les miran sin saber muy bien qué hacer hasta que, en un momento dado, Andrés pierde el equilibrio y cae al suelo.

—¡Penaltyyyyyyyyy!— un grito de orangután iracundo hace que me de un vuelco el corazón para darme otro más cuando miro y me doy cuenta de que es mi hermano. Y ahí le veo, encaramado en la valla, gritando y haciendo aspavientos.

—¡¿Pero qué dices, tarado?!— reclama airado un padre del equipo contrario, también en modo orangután — ¡Pero si ha sido claramente un piscinazo!

El imberbe árbitro hace caso omiso y continúa el encuentro y las madres comienzan a animar a decibelios prohibidos. Seguimos así unos largos quince minutos restantes donde no ocurre nada reseñable dentro del campo, pero mucho fuera, y pienso que el verdadero espectáculo está en las gradas. El árbitro pita el final y yo me marcho sigilosamente prometiéndome a mí misma no volver jamás.

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