Paz Martínez- En son de paz

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

¡Gracias abuela!

por Leire Zárate Álvarez (Bélgica)

Gracias abuela

Los niños aún dormían y su marido pasaba aquel fin de semana fuera de casa, aparentemente de trabajo, pero Sofía siempre supo que esas salidas tenían otra razón de ser. Se levantó de la mesa de la cocina, se puso un anorak y unos guantes de lana, se sirvió más café, cogió la taza y salió al jardincito que tenía su adosado. Había estado nevando durante toda la noche y un grueso manto blanco cubría el paisaje. Empezaba otra vez a nevar y mientras la nieve mudaba de color sus oscuras ropas de invierno asemejándola a un muñeco de nieve, Sofía bebió café y cerró los ojos mirando al cielo. Era consciente de estar en un punto sin retorno. Había perdido su libertad y su autoestima.

Porque hacía tiempo que ya había tocado fondo. No le quedaba centímetro de piel que las palabras de su marido, hirientes como latigazos, no hubieran hecho sangrar. Todo lo que salía por su boca eran golpes bajos llenos de odio. La intimidaba con su corpulencia cuando elevaba un puño al aire si ella, llorando y desecha de dolor, se atrevía a golpearle en su hombro como una niña asustada.

La humillaba cada vez que se burlaba de sus nulos ingresos económicos, alardeando de que era él quien mantenía a la familia. Le hacía creer que tenía una “buena vida” gracias a él, olvidándose de que Sofía dejó su trabajo de directora de un prestigioso laboratorio farmacéutico para poder hacerse cargo de sus tres hijos, debido a los constantes viajes y ausencias de su marido.

Le hacía el vacío durante semanas, sin apenas hablarle ni mirarle a la cara, pero dándole besos de Judas cuando había gente delante. Le chantajeaba cuando le decía que se fuera si quería, que se marchara de “su casa” si no estaba a gusto, pero que no le iba a dar ni un duro ni se iba a llevar a los niños.

Aún con los ojos cerrados, las lágrimas se le escapaban a raudales empapándole sus frías y coloradas mejillas. Pero no era llanto de tristeza sino de auténtico y ansiado consuelo. Porque cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Estando a punto de tirar la toalla y de acabar con aquel malvivir, Sofía volvió a abrir los ojos y miró al cielo. Recordó entonces las palabras de su querida abuela cuando le dijo que no tenía que sufrir ni aguantar por un hombre. Salió de aquel infierno y abandonó a su marido sin tener que renunciar a sus hijos. Tomó las riendas de su propia vida para ser feliz. Y lo consiguió

Sobre la autora:

Escribo microrrelatos y relatos cortos desde febrero de 2020, motivada por Ana
Martínez, Coordinadora Académica de la Fundación para la Difusión de la
Lengua y la Cultura Española (Valladolid).
Me apasiona descubrir todos y cada uno de los rincones de la península ibérica
para poder bucear en ellos y poder así ambientarme a la hora de crear
personajes que reflejen situaciones cotidianas en las diferentes épocas
históricas por las que ha pasado nuestro país. Busco saber transmitir emociones
reales que hagan posible al lector zambullirse desde su sofá a las sensaciones
de aquellos que en algún momento y lugar nos precedieron.

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