Paz Martínez- En son de paz

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El héroe de guerra

por Julieta Faig Beisim (Argentina)

Berta y Milagros jugaban en el jardín trasero de la casa. Las niñas reían, la madre las miraba y se sonreía. Extrañaba a su marido, muerto en la Guerra Civil Española, pero quería honrar su memoria criando a sus hijas sanas y felices. Lo estaba logrando. Las tres vivían en un pueblito a orillas de un arroyo en una linda casa. En el fondo, descansaba el perro de la familia, un mastín hermoso y dócil, que había traído el padre unos meses antes de ir a la guerra para que protegiera a su familia en su ausencia. El problema era que el perro había quedado tan atemorizado por los ruidos de las bombas que se asustaba ante el mínimo sonido y solía refugiarse en el baño.

—¡Mami, el perrito tiene miedo y no quiere salir! —le decía Berta a su madre.

—Lo sé, cariño, lo sé, ya se le pasará. Ahora tendrán que jugar entre vosotras.

Las niñas no estaban satisfechas. Amaban a su perro, pero siempre estaba asustado y se vivía escondiendo. En un momento, Berta llegó a una conclusión.

—¡Ya sé, Mili! Juguemos a las escondidas nosotras. Su hermana asintió con una sonrisa de oreja a oreja. Salieron tomadas de la mano. Cruzaron el arroyo, miraron los pajaritos, jugaron entre los árboles que había al otro lado del valle y largas horas transcurrieron en armonía. Ya comenzaba a oscurecer, por lo que las niñas decidieron regresar. Cruzaron el arroyo nuevamente y cuando estaban en la parte más alta escucharon un ruido que provenía desde el fondo del valle. Se dieron vuelta todavía riéndose y se quedaron petrificadas. Dos lobos las miraban y se disponían a atacar. Los cuatro se miraron fijo y Milagros gritó, Berta le tapó la boca, la arrastró del brazo y empezaron a correr por sus vidas. Llegaron a la casa sin poder creer en su suerte, y al abrazar a su madre, rompieron en llanto.

—Chicas, ¿qué os pasa que estáis así? Tengo una mala noticia para daros. Ares desapareció, no lo encuentro por ningún lado —dijo la madre con tristeza.

 —¡¿Cómo?! —exclamaron las dos niñas a la vez. De repente, escucharon un ruido estrepitoso al otro lado de la puerta. La abrieron y allí yacía el perro totalmente ensangrentado mirando a sus mujeres mientras se abalanzaban sobre él para curarle las heridas. El perro chupó la mano de Berta, apoyó la cabeza en su regazo y finalmente cerró los ojos.

Sobre la autora:

Mi nombre es Julieta y soy geóloga nacida en Buenos Aires. Viví un tiempo en
España y a veces siento que ése es mi lugar en el mundo. Aún estoy
descubriéndolo. Mi abuela, QEPD, era española y me transmitió el amor por su
país, que yo considero ahora también propio.
Este relato está inspirado en sus vivencias en su pueblo natal.

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