Paz Martínez- En son de paz

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Dos mujeres libres y solidarias

por Rafael López Molina (Astorga, León)

                              

Esto es un cuento sin contar, es un cuento para ti, un cuento de verdad. Así lo escribo, y así lo cuento, porque yo lo viví.

Corrían los años de 1890, del siglo XIX. Toda la Somoza era un vergel, entre ríos y fértiles tierras. En Santa Colomba de Somoza, muy cerca de su Iglesia, existía un precioso Palacete de estilo mozárabe, donde moraban los marqueses de Pozoamargo. tenían criados de toda estirpe, animales, establos y un incalculable latifundio. Estos marqueses, de los que omito sus nombres para no molestar, (porque aún viven), eran señores de alto abolengo. A la marquesa la conocí ya entrada en su cuarentena. Era y es, morena, de tibia voz, de anchas caderas, de grandes labios afresados, y con la altura de un rosal. Desde muy joven su inclinación amorosa fue el tribadismo, amando la belleza femenina sobre todas las cosas terrenales. El marqués era un hombre serio, prepotente consigo mismo, de nariz aguileña, cejas escarpadas y todo él, de poco volumen. Solía vestir, con pantalón a rayas verticales, botas camperas, y sombrero de ala ancha, y montaba en jamelgo desgarbado. Siempre fue tímido y desde los inicios de su vida, fue mitad macho, mitad parguela. Su matrimonio con la marquesa, fue un concordato entre familiares y sellado con sangre azul

En esta zona de la Somoza, vivía una mujer muy especial a todas. Era mayestática, dulce, rubia de pelo trigal. De grandes ojos verdes, y simétrica en todo su cuerpo. Se llamaba Matacandela, y sobre los lomos de su caballo alazan, llevaba su bisexualidad a flor de piel. Dedicó su vida (por necesidad ) a hacer feliz a todo hombre y mujer de la Somoza.  Os puedo asegurar que mas de uno-a, entregó sus tierras y ahorros por tan solo unos minutos de placer. Matacandela recorría a diario pueblos y valles, ofreciendo sonrisas y dones, a cambio de billetes de Julio Romero de Torres en su anverso y de la Chiquita piconera por su envés. En muchas ocasiones y comprendiendo la falta de recursos de muchos-as, prestaba sus servicios por amor o solidaridad.

Una mañana muy de temprano, montaba Matacandela su caballo, y al pasar junto al Palacete, observó a la Marquesa que regaba sus lirios y amapolas. Descabalgó y se dirigió a ella, con insinuantes andares de pasarela. De esta forma tal dulce y cruel conoció Matacandela a la Marquesa de Pozoamargo.  Fue un flechazo corpóreo- instintivo. Tres días después, ambas intercambiaban fluidos y palabras, y desde entonces la vida, cambió para las dos. Conocemos todos los de la Somoza, el arte amatorio de ambas, y que el clero maragato, con su obispo a la cabeza; quisieron excomulgarlas y quemarlas en la hoguera; pero ninguno de nosotros se prestó a ello. Al fin y al cabo ambas mujeres, luchaban por su libertad y sus deseos mas íntimos. Hoy en día, la Sra. marquesa se encuentra en casa de acogida, el marqués fallecido y todos sus bienes entregados por solidaridad a los más necesitados del pueblo. Matacandela se recupera de una grave, enfermedad venérea

Sobre el autor:

Rafael López y Molina, cordobés de nacimiento, amante de toda la arquitectura románica y gótica, así como de la poesía mas amable y romántica.

Tiene publicado un libro de poesía con el título “QUEBRANTOS DE AMOR Y SOLEDADES”.

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