Paz Martínez- En son de paz

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Abu

por Concha López Jambrina (Zamora)

Cada mañana, al alba, Penélope abría la ventana y contemplaba el mar.  Ese mar que decían no era para ella. Era un mar de hombres donde acechaban peligros sin fin. Los sabía todos y cada día entendía menos a los hombres. ¿Qué dulce canto de sirenas puede atraer tanto los oídos de los hombres que incluso lleguen a olvidar el llanto del hijo?

Era inmenso y bello aquel azul que se extendía hasta un horizonte chiquitito que casi podía alcanzar con la mano.

En la noche dibujaba en las telas monstruos marinos que le ayudaban a olvidar el hambre. Dormía con la visión de esos monstruos que salían de su cabeza. Cuando cansada se tumbaba junto a su hijo, cada vez más en peligro, cada vez más carente de todo, con la amenaza de secarse y verter el último hilo alimenticio de su pequeño, soñaba con el mar y no hallaba monstruos en él, todos habían permanecían anudados en el lienzo.

Lo más perturbador, sin duda, eran las cartas de su prima, la hermosa Helena. Ella sí atravesó el mar. Alcanzó aquella orilla de luces y sueños, donde las calles rebosaban riquezas, grandes tiendas vendían perfumes y vestidos, era suave la vida, las mujeres se mantenían hermosas largos años y los hijos no morían en guerras tiñendo de luto la vida de sus madres y abuelas. Era costumbre hacer banquetes familiares y corría el vino que regaba los corderos y llegaba el momento de los dulces para los niños, aquello eran días de alabanza al Señor, suspiraba Penélope leyendo los relatos de la bella Helena.

Sin embargo ella había sido educada de otra forma. Su destino era ver partir y esperar y acaso un día venir a saber que los suyos no alcanzaron la otra orilla.

Aquella mañana despertó decidida. Ató su pesado telar a la espalda, dando varias vueltas y ahuecando un pequeño espacio en la columna, comprobando que pudiese mantener la ligereza en la brazada, colocó a Abu, aún dormido y se lanzó al mar.

Todo lo tenía bien calculado, nunca había osado contrariar a Poseidón ni aceptó nunca odre con vientos. La meta era alcanzar el Espigón de Tarajal, el cuerpecito de Abu en la espalda espoleaba las fuerzas de Penélope. Cuando ella dejaba de agitar las aguas, Abu lloraba y ella despertaba y otra vez avanzaba. Abu estaba frío, apenas respiraba pero ya estaban cerca. Súbitamente alguien gritó hay un héroe cerca de la playa, abatido, no gesticulaba y el gorrito que Penélope había tejido estaba lleno de agua y sal. Se dejó llevar y un Hermes anónimo braceó y aleteó con furia hasta ponerlo a salvo en la playa de Tarajal. El pequeño héroe, Abu, iniciaba su odisea en la vieja Europa. Que los dioses protejan a Abu y guarden la memoria de Penélope.

Sobre la autora:

Concha López Jambrina es licenciada en filología Clásica y filología Portuguesa. Ha desarrollado su vida profesional en la enseñanza, en centros de secundaria y en E.E.O.O. de Idiomas.

Ha publicado un libro titulado : o que eu fiz a 25 de Abril de 74, un conjunto de testimonios sobre la intrahistoria portuguesa en edición bilingüe y el libro de viajes Caminhando até ao Porto, outros olhares, un libro en el que la autora realiza un vaje a Oporto intentando aportar otras formas de conocer Portugal.

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