Paz Martínez- En son de paz

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Fernando- Segundo accésit

 por María Dolores Carrasco Cubero (Camas, Sevilla)

Me acerco despacio a la iglesia. Estoy temblando, debe ser por el frío. Llevo gorro, abrigo y bufanda, pero no resulta extraño en esta gélida mañana de enero. La calle está cortada por la policía, pues la aglomeración de personas en el exterior impide la circulación de vehículos. Dentro no cabe un alma.

Una gran muchedumbre reunida hoy con el único fin de despedirte: buenos amigos, la familia, tus feligreses, algunos colegas de profesión y su jefe, el obispo de Sevilla; también gentes de diferentes lugares y etnias: rumanos, gitanos, senegaleses, chinos, sudamericanos…, todos mezclados sin ton ni son entre mendigos, drogadictos, borrachos y ladrones.

Ahí veo al Paco, al que le prestaste tus zapatos y te viniste andando descalzo desde Triana; allí al fondo, al lado de tu hermana la Seca —perdóname, pero el mote es vox populi— está la Manuela, que lleva sobria más de 1 año, y ahí sigue con sus 4 zagales gracias a tu mano con la asistenta social; y en la puerta de la sacristía veo al Quino, que por fin dejó de hacer “trabajitos” y ahora curra en el taller del Pistones. Si hasta han venido las 3 mujeres de la casa de acogida, ¿Ves cómo no te puedes quejar?

Siento una gran rabia por dentro, nunca más escucharemos tu palabra, tu grata voz, silenciada eternamente por la inexorable muerte. ¡No te rías! Sabes que yo cuando quiero hablo bien, para algo procedo de buena familia. Tus largos brazos han sacado del pozo a muchos, a las víctimas y a los verdugos. Todos ellos hoy aquí en tu despedida. Y tú sin poder moverte. Nunca más irás a buscarlos a bares, tugurios o agujeros bajo puente… Todos lloran, conocedores de la gran pérdida, y los que no, lo harán más tarde, cuando se les pasen los efectos de lo que quiera que hayan “fumao”.

Y yo también aquí, ¡Sí, el que faltaba! Sólo quiero decirte adiós, sospecho que no te volveré a ver, sabes que no creo, y tampoco me dejaría entrar el tal San Pedro ese. Y ahora, ¿qué? ¿Qué será de este barrio sin ti? ¿Y de mí? Sí, ya lo sé, que debí pensarlo antes como me dices siempre, pero ¿qué quieres? Estaba con el mono, la metadona ¡que no vale pa ná! Yo no quería pinchar a nadie, la navaja era sólo para intimidar. Y además ¿cómo iba yo a saber que tú estarías allí y te harías el héroe con la vieja de la farmacia? Pues eso, que adiós, padre Fernando. Me voy antes de que me reconozcan. Ah, que sepas que seré tu último triunfo, te lo debo.

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